Relación ansioso-evitativa
No es cuando el evitativo se va, es cuando el ansioso, se apaga.
Y de ésto, casi nadie habla, porque no es un final escandaloso, no hay drama, no hay gritos ni portazos.
El ansioso aguanta, aguanta silencios, aguanta incoherencias, aguanta migajas disfrazadas de amor.
No.
Ama, espera, y hasta se adapta porque quiere que funcione. Porque cree que sí ama un poco más y si entiende un poco más, y si se esfuerza un poco más, todo va a ir encajando.
Hasta que llega un día en el que algo se rompe por dentro; No discute, no reclama, no pide explicaciones... Simplemente deja de esperar.
Y no es porque este mejor, es porque se ha quedado vacío.
Es en ése momento, cuando pasa lo que realmente incomoda.
Cuando el ansioso deja de perseguir, el evitativo despierta.
De repente ya quiere hablar, ya si quiere hacer planes, ya si quiere proyectar un futuro... Pero ya es tarde.
No porque el ansioso esté enfadado, no porque quiera castigar a la otra parte sino porque está completamente agotado.
El evitativo cree que ha ganado espacio pero en realidad, ha perdido el vínculo.
Y no, el ansioso no cambia. El ansioso aprende.
Aprende que amar sin reciprocidad es abandonarse, aprende que insistir no es amar, aprende a protegerse aunque éso signifique dejar de sentir igual. Porque cuando un ansioso se apaga, no vuelve a encenderse por promesas o actos tardíos.
Y créeme, es ahí dónde está el verdadero final.

Comentarios
Publicar un comentario