Siempre nos han inculcado desde pequeños que callar es sinónimo de sabiduría, de prudencia, de paz. Nos han dicho que quien guarda silencio es quien "evita el conflicto". Que es mejor tragar la rabia, la tristeza, el enfado... Antes que incomodar al otro. Y muchas veces, sin cuestionarlo, nos convertimos en anfitriones de nuestras propias tormentas.
Callarse no es evitar un conflicto, es invitarlo a quedarse en casa, ponerle pantuflas y servirle el café. Es abrirle la puerta al malestar y decirle:
"Quédate, acomódate"
Porque lo que no se dice, no se disuelve. Se acumula.
Y lo acumulado no se transforma en paz, más bien todo lo contrario. Se convierte en carga, en peso, en un gran nudo en la garganta, en insomnio, en lágrimas que aparecen cuando menos las esperas. En respuestas secas, en distancias innecesarias, en explosiones que nadie entiende porque son desconocedores de cuánto tiempo llevas almacenando lo que te duele.
Tragar lo que molesta no es lo mismo que resolverlo. Es como guardar la basura debajo de la alfombra: a simple vista todo parece en orden, pero el olor tarde o temprano se escapa y lo escondido comienza a pudrirse con el paso del tiempo.
El silencio, cuando es forzado, es traición. No hacía los demás, sino hacia uno mismo.
Callarse no siempre es signo de madurez. A veces es miedo, a veces es costumbre. A veces es una forma aprendida de protegernos... De no ser juzgados, de no perder, de no confrontar. Pero vivir en silencio constante no es vivir en paz. Es como vivir en una casa cerrada a cal y canto, sin ventanas, donde el aire acaba viciado y el alma se asfixia.
Hablar en cambio, puede ser incómodo y a veces cuesta. A veces nos tiembla la voz, a veces no encontramos las palabras justas. Pero hacerlo, es un acto de valentía, de higiene emocional, de poner luz donde otros prefieren la más absoluta oscuridad.
No se trata de decir todo sin ningún tipo de filtro, se trata de no convertirnos en esclavos de lo que sentimos.
Expresar lo que duele no siempre resuelve el conflicto, pero al menos lo saca de tu cuerpo, le pone nombre y apellidos, lo enfrenta y con eso, muchas veces, ya es más que suficiente para comenzar a sanar.
Así que no te calles si lo que necesitas es ponerle voz a lo que te arde por dentro. No te tragues todo aquello que te perturba porque la paz que nace desde el silencio forzado, no es paz, es anestesia. E incluso a veces, es olvido de uno mismo.
Hablar es respirar y mereces hacerlo, libre.
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