Nos desconcierta la ternura, nos desarma la bondad. Nos encontramos mirando con sospecha lo que debería hacernos sentir en paz.
Hemos aprendido a sobrevivir con afecto a medias, con gestos fríos, con relaciones donde el amor era condición, no certeza. Entonces, cuando alguien llega sin dobleces, sin juegos, sin estrategias, cuando alguien ofrece su presencia sin exigir nada a cambio, sentimos que debe haber un truco escondido.
Dudamos.
Nos protegemos.
Y a veces incluso lo rechazamos, no porque no lo queramos, sino porque no sabemos cómo confiar en algo tan puro.
En lugar de abrazar el cariño, lo cuestionamos. Nos preguntamos qué quiere, qué busca, qué se esconde detrás de tanta calidez. Como si algo tan puro no pudiera ser para nosotros. Como si la ternura solo existiera en historias ajenas, y no en la realidad que podríamos habitar.
Y es que cuando el amor nos encuentra sin que tengamos que suplicarlo, negociar por él o disminuirnos e humillarnos para recibirlo, nos toca la herida más profunda: la creencia de que no somos suficientes.
Pero sí lo somos.
Lo fuimos siempre.
Solo que nadie nos lo enseñó a tiempo.

Comentarios
Publicar un comentario