La cuesta de enero (como la llaman algunos) ha concluido y febrero ha llegado... Para quedarse.
Seguramente para el resto de seres mortales, diciembre y enero han sido los meses más bonitos y especiales del año por eso de la navidad, las fiestas, la familia, etc. Pero personalmente, para mí fueron meses infernales, cargantes y asfixiantes.
Es curioso como un mes cualquiera como lo es febrero para los demás (también conocido por ser "el mes del amor") a mi me haya dado la paz y tranquilidad que tanto andaba buscando desde mediados de octubre.
Hace apenas algo más de dos semanas, pensé que me moriría y de hecho así fue. Una pequeña parte de mí murió.
Y dolió (vaya si dolió).
¿Sigue doliendo? Sí, pero cada día menos.
Por fin, he sido capaz de mirarme en el espejo sin odiarme ni sentirme culpable, para decirme a mí misma que hice todo lo que pude y lo que sentí en cada momento. Que dí lo mejor de mi, y precisamente por eso, no he de sentirme culpable.
Y no, ya no me siento culpable.
Un buen amigo mío que conoce la historia, en medio de nuestras "filosofadas" me dijo algo que terminó por marcarme de por vida:
"Tu reflexión, así como tu entrada "Perdóname" del blog, es precisamente a causa de su narcisismo.
Llegaste al punto de estar tan agotada e insegura que llegaste a sentir que tu no eras lo suficientemente buena para él, cuando le habías dado absolutamente todo de ti.
Gracias a Dios, a todo lo que exista en el universo, que saliste de ahí. Te ha machacado psicológicamente por como era".
¿Qué hice yo al leer semejante baño de realidades? Llorar... Porque joder, cuánta verdad destilaron sus palabras.
Cuando me repuse un poco, volví a leer mis entradas con detenimiento, intentando buscar algo, lo que fuese para rebatir su punto de vista...
Y no, no lo encontré.
Tenía más razón que un santo.
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